Roger Chartier: “El compromiso sigue siendo con las prácticas de la lectura”

  • Fecha:07-10-2014
  • Fuente: REUN
  • En el marco de su visita a Frankfurt como conferenciante del II Foro Mundial de la Edición Universitaria, entrevistamos a Roger Chartier y en sus respuestas nos da algunas claves que anticipan lo que será su intervención en Alemania.

Roger Chartier es profesor en el Collège de France y la University of Pennsylvania. Historiador del libro, de la edición, de la cultura escrita y de la lectura. En sus últimos libros ha focalizado sobre las relaciones entre historia y literatura (Cardenio between Cervantes and Shakespeare. The Story of a Lost Play, Polity Press, 2012) y el proceso de la publicación (The Author's Hand and the Priner's Mind, Polity Press, 2014). Ha publicado libros con diversas editoriales universitarias en los Estados Unidos, Francia, España, México y Brasil.

A su criterio, ¿cuáles son los principales desafíos para la edición universitaria en el contexto de las transformaciones recientes en el mundo de la edición y la lectura?

–Entre los múltiples desafíos lanzados a la edición universitaria y más particularmente a las editoriales universitarias, tres me parecen esenciales. El primero se remite a las transformaciones de las prácticas de lectura y más generalmente a las mutaciones de las relaciones con el libro. Veamos el ejemplo francés. Los datos reunidos por las encuestas estadísticas que miden las prácticas culturales de los franceses muestran que entre 1973 y 2008, si no retrocedió el porcentaje global de los lectores, al menos disminuyó la proporción de los «lectores intensivos» o «forts lecteurs» en cada grupo de edad y, muy particularmente, en la franja comprendida entre los diecinueve y los veinticinco años. La reducción del público de grandes compradores de libros, que no era únicamente universitario, y la disminución de sus compras es un primer elemento en las afirmaciones que diagnostican una «crisis» de la edición.

Las transformaciones de las prácticas de los estudiantes acompañan este retroceso. Sus compras de libros, sino sus prácticas de lectura, fueron drásticamente reducidas por otras posibilidades de lectura: por un lado, la frecuentación de las bibliotecas universitarias que conoció más de 70% de crecimiento en Francia entre 1984 y 1990, y, por otro lado, el recurso masivo a las fotocopias de los libros tomados en préstamo en las bibliotecas o facilitados por amigos, a los apuntes dactilografiados de las materias y, hoy en día, a los bancos de datos de la red. Aun más importante, sólo los estudiantes que han elegido une carrera literaria o cuyos padres tienen un título universitario poseen una cantidad importante de libros. Pero, aun dentro de esta población de compradores de libros, pocos son los que tratan de crear bibliotecas personales, como lo muestra el éxito del mercado de segunda mano de los libros de estudio.

Un segundo desafío lanzado a la edición universitaria se remite a la política de adquisiciones de las bibliotecas –y particularmente de las bibliotecas universitarias. Cada uno se acuerda del diagnóstico establecido por Robert Darnton en 1999 en cuanto a la situación en los Estados Unidos. Según él, el dato esencial consta en los recortes drásticos por parte de las bibliotecas de las compras de «monografías», es decir los libros de humanidades y ciencias sociales dedicados a un tema específico. Semejante reducción es una consecuencia directa e ineluctable del incremento del precio de los periódicos científicos cuya suscripción anual puede alcanzar en algunos casos más de diez o veinte mil dólares. Así más del 70 u 80% del presupuesto dedicado a las adquisiciones se encuentra gastado en la compra de periódicos, cualquiera sea su forma, impresa o electrónica.

Sin la seguridad de las compras de las bibliotecas, las editoriales académicas empezaron a rehusar los textos considerados demasiado especializados: tesis de doctorado transformados en libros, obras de erudición, publicaciones de documentos. Se concentraron en los temas de moda y los libros atractivos para el gran público.

En Francia, y sin duda en otros países de Europa, la reducción de las compras de los lectores es quizás más decisiva que la transformación de la política de las bibliotecas, pero las consecuencias sobre las editoriales que publican libros académicos son semejantes. Las estadísticas reunidas por el Syndicat national de l’édition en cuanto a los libros de ciencias humanas y sociales muestran una doble disminución a partir de la década de 1990: disminución del número global de libros vendidos, disminución del número de ejemplares vendidos por título publicado (dos mil doscientos en 1980, ochocientos en 1997). Frente a semejantes evoluciones, las respuestas de las editoriales fueron múltiples. La primera, el incremento del número de títulos publicados de manera que sea ampliada la oferta, condujo a un crecimiento explosivo de los libros no vendidos y devueltos a sus editores, y a graves desequilibrios financieros de las empresas. De ahí, las elecciones de los editores durante los últimos años: la reducción de las tiradas (a menudo inferiores a las del siglo XVI), el rechazo de las obras juzgadas demasiado especializadas, la prudencia ante las traducciones. Aunque las razones de las dificultades no sean las mismas en los Estados Unidos y en Europa, me parece que podemos generalizar el inquietante diagnóstico de Darnton: «la monografía está en peligro de extinción».

Es la razón por la cual las posibilidades ofrecidas por la publicación electrónica le parecía una posible solución. Puede permitir la construcción de un nuevo tipo de libro, estructurado en una serie de estratos textuales dispuestos en forma de pirámide: argumento, estudios particulares, documentos, referencias historiográficas, materiales pedagógicos, comentarios y discusiones. La estructura hipertextual de semejante libro cambia tanto la lógica de la argumentación, que ya no es necesariamente lineal ni secuencial, sino abierta y relacional, como la recepción del lector que puede consultar por sí mismo, si existen en una forma electrónica, los documentos (archivos, imágenes, músicas, palabras) que son el objeto o los instrumentos del estudio. El libro electrónico transforma así profundamente las técnicas de la prueba en los discursos del saber (citas, notas, referencias) puesto que el lector puede controlar las elecciones e interpretaciones del autor.

Pero tales promesas son también un desafío porque suponen dos condiciones. En primer lugar, deben estar claramente diferenciadas la comunicación electrónica, libre y gratuita, y la edición electrónica que implica un trabajo editorial, costes de producción y un control científico. Esta reorganización es una condición para que puedan protegerse tanto los derechos económicos y morales de los autores como la remuneración de los editores. Así, el libro digital debe definirse por oposición a la comunicación electrónica espontánea que autoriza a cada uno a poner en circulación en la red sus ideas, opiniones o creaciones. Así, podrá reconstituirse en la textualidad electrónica una jerarquía de los discursos que permitirá diferenciarlos según su autoridad científica propia.

En segundo lugar, las publicaciones electrónicas necesitan adquirir una legitimidad intelectual comparable al reconocimiento científico que se atribuye a los libros impresos. La creación de colecciones de libros electrónicos y el desarrollo de los usos científicos de las nuevas tecnologías muestran que empiezan a estar movilizadas las posibilidades específicas de la nueva forma de publicación de los textos. No se debe olvidar, sin embargo, que los productos electrónicos no representan sino una parte minoritaria del mercado de la edición universitaria: solamente 3% en Francia. La situación en Estados Unidos es sin duda un poco diferente: varias grandes bibliotecas ya gastan más del 20% de su presupuesto en la compra de materiales electrónicos.

¿Cómo considera usted que las transformaciones socioculturales y económico-políticas actuales interpelan a la Universidad y los modos en que ella enseña a leer-escribir?

–El primero y más fundamental desafío lanzado por la textualidad digital al mundo de los libros tal como lo conocemos después que apareció el códex. La mutación más esencial se refiere al orden de los discursos. En la cultura impresa este orden se establece a partir de la relación entre tipos de objetos (el libro, el diario, la revista), categorías de textos y formas de lectura. Semejante vinculación se arraiga en una historia de muy larga duración de la cultura escrita y resulta de la sedimentación de tres innovaciones fundamentales: entre los siglos II y IV, la difusión de un nuevo tipo de libro que es todavía el nuestro, es decir el libro compuesto de hojas y páginas reunidas dentro de una misma encuadernación, el libro que llamamos códex y que sustituyó a los rollos de la Antigüedad griega y romana; a finales de la Edad media, en los siglos XIV y XV, la aparición del “libro unitario”, es decir la presencia dentro un mismo libro manuscrito de obras compuestas en lengua vulgar por un solo autor mientras que esta relación caracterizaba antes solamente a las autoridades canónicas antiguas y cristianas; finalmente, en el siglo XV, la invención de la imprenta que sigue siendo hasta ahora la técnica más utilizada para la producción de los libros. Somos herederos de esta historia tanto para la definición del libro, a la vez un objeto material y una obra intelectual o estética identificada por el nombre de su autor, como para la percepción de la cultura escrita que se funda sobre distinciones inmediatamente visibles entre los objetos (cartas, documentos, diarios, revistas, libros, etc.).

Es este orden de los discursos el que cambia profundamente con la textualidad electrónica. Es un único aparato, la computadora, el que hace aparecer frente al lector las diversas clases de textos previamente distribuidas entre objetos distintos. Todos los textos, sean del género que fueren, son leídos en un mismo soporte (la pantalla iluminada) y en las mismas formas (generalmente aquellas decididas por el lector). Se crea así una continuidad que no diferencia más los diversos discursos a partir de su materialidad propia. De allí surge una primera confusión de los lectores que deben afrontar la desaparición de los criterios inmediatos, visibles, materiales, que les permitían distinguir, clasificar y jerarquizar los discursos. Por lo tanto, es la percepción de las obras como obras la que se vuelve más difícil. La lectura frente a la pantalla es generalmente una lectura discontinua, que busca a partir de palabras claves o rúbricas temáticas, el fragmento textual del cual quiere apoderarse (un artículo en un periódico, un capítulo o un párrafo en un libro, una información en un web site) sin que sea percibida la identidad y la coherencia de la totalidad textual que contiene este elemento. En un cierto sentido, en el mundo digital todas las entidades textuales son como bancos de datos que proporcionan fragmentos cuya lectura no supone de ninguna manera la comprensión o la percepción de las obras en su identidad singular. De ahí, la dificultad para entender una mutación que lanza un profundo desafío a las categorías que solemos manejar para describir la cultura escrita y a la identificación entre el libro entendido como obra y el libro percibido como objeto

La actual sociedad de la comunicación ha modificado las recepciones de los sentidos y, por lo tanto, los modos de leer. ¿Esto supone un escalón más de la idea de "progreso" de Condorcet o supone un retroceso en el pesimismo teórico de un Adorno?

–¿Cómo caracterizar a la lectura del texto electrónico? Para comprenderla, Antonio Rodríguez de las Heras formuló dos observaciones que nos obligan a abandonar las percepciones espontáneas y los hábitos heredados. En primer lugar, debe considerarse que la pantalla no es una página, sino un espacio de tres dimensiones, que tiene profundidad y en el cual los textos alcanzan la superficie iluminada de la pantalla. Por consiguiente, en el espacio digital, es el texto mismo, y no su soporte, el que está plegado. La lectura del texto electrónico debe pensarse, entonces, como desplegando el texto o, mejor dicho, una textualidad blanda, móvil e infinita. Semejante lectura –y es la segunda observación– «dosifica» el texto sin necesariamente atenerse al contenido de una página, y compone en la pantalla ajustes textuales singulares y efímeros propuestos a una lectura discontinua y segmentada que no se detiene en la comprensión de las obras en su coherencia y totalidad. Si conviene bien para los libros que se consultan, las obras de naturaleza enciclopédica, que nunca fueron leídas desde la primera hasta la última página, parece lanzar un desafío serio a los libros que se leen cuya apropiación supone una lectura continua y atenta y la percepción del texto como creación original y coherente.

¿Será el texto electrónico un nuevo libro de arena, cuyo número de páginas era infinito, que no podía leerse y que era tan monstruoso que debía ser sepultado en los anaqueles de la biblioteca? O bien ¿propone ya una nueva forma de relación capaz de favorecer y enriquecer el diálogo que cada texto entabla con cada uno de sus lectores? No lo sé. Los historiadores son los peores profetas del futuro. Lo único que pueden hacer es recordar que en la historia de larga duración de la cultura escrita cada mutación (la aparición del códex, la invención de la imprenta, las revoluciones de la lectura) produjo una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos y las nuevas técnicas y prácticas. Los editores se han comprometido con osadía en el uso de las nuevas tecnologías al mismo tiempo que se quedaban fieles a la publicación de libros que unen obra y objeto. Por lo tanto desempeñan con otros (por ejemplo los libreros) un papel fundamental en la reorganización de la cultura escrita que imponen las conquistas del mundo digital.

¿Qué ocupa los días de investigación de un Roger Chartier?

–Las mismas ocupaciones que comparten todos los profesores o investigadores y que cada día movilizan las formas de la cultura escrita. Frente al computador, el correo electrónico, la lectura de textos digitalizados, la consulta rápida de las noticias. En la biblioteca o en mi apartamento, el trabajo con los textos impresos del pasado o del presente que son los objetos o los instrumentos de mi investigación. Sobre la hoja de papel (hojas sueltas, pedacitos de papel, agendas, etc.) la toma de notas, los esbozos de mis artículos o ensayos, la lista de las próximas tareas y próximos compromisos. Esta práctica cotidiana me convence de la utilidad de la asociación de las varias modalidades de la cultura escrita, de la especificidad de cada una de estas modalidades (leer un libro del siglo XVI en su edición antigua o en su forma digital no es la misma lectura) y de la amarga pérdida que implicaría un mundo totalmente digital.

Carlos Gazzera es Director de la Editorial Universitaria de Villa María y Coordinador de la Red de Editoriales de Universidades Nacionales (REUN). Darío Stukalsky es director del Centro de Edición de la Universidad Nacional de General Sarmiento y vicecoordinador de la REUN. Vale la pena señalar que la REUN es, junto a la Feria del Libro de Frankfurt y la Asociación Americana de Editoriales Universitarias, co-organizadora del Foro Mundial de la Edición Universitaria que se realizará el 11 de octubre de 2014 en el marco de la Feria del Libro de Frankfurt.